Familias de fusilados retan al Ayuntamiento y ponen dos placas en su recuerdo

El comisario de la Memoria Histórica afirma que hará "todo lo posible para que la tapia sea reconocida oficialmente"

Dos familiares de una de las víctimas leen un emotivo recordatorio a su pariente fusilado.
Dos familiares de una de las víctimas leen un emotivo recordatorio a su pariente fusilado.
A. J. Morente / Granada

21 de julio 2010 - 01:00

Cuando se repasa la historia reciente, una evidencia sale a la luz y golpea con fuerza al sentido común del ser humano. Hoy día está certeza de la injusticia continúa y 74 años después es probable que se estén viviendo las últimas etapas de un sin sentido cargado de inmoralidad: no poder ofrecer una tumba o un lugar de reposo digno a las víctimas que yacen bajo el muro del cementerio municipal de San José.

Por ello, ayer se homenajeó a los fusilados en la tapia en la que perdieron sus vidas y se colocaron (por tercera vez) unas placas conmemorativas en recuerdo de los 3.900 asesinados. Placas que como las anteriores, el Consistorio quizá no tarde en retirar.

Al acto acudió el comisario de la Memoria Histórica de la Junta de Andalucía, Juan Gallo, junto con la delegada del Gobierno andaluz, María José Sánchez. "Me comprometo a hacer todo lo posible para que dentro de un año, por estas fechas, esta tapia sea un lugar de memoria histórica oficialmente", aseveró Gallo, que también recordó que las víctimas "no murieron en la guerra, ni con un fusil en las manos... A todos ellos los mataron vilmente".

Por su parte, Rafael Gil Bracero, vicepresidente de la Asociación de la Memoria Histórica, pidió al Ayuntamiento que "respete las placas colocadas por los familiares con tanto dolor, para el recuerdo y la memoria de los fusilados". En este sentido, Juan Gallo recordó a los miembros del equipo de Gobierno que "no toquen esa placa, si quieren tocar algo que toquen la estatua de la plaza Bibataubín que es muy fea".

La tapia del cementerio de la ciudad dejó por unos momentos de ser un 'muro del terror' para llenarse de flores y ser testigo mudo de las lágrimas y las palabras que los familiares dedicaban a sus difuntos. Es un homenaje cargado de simbolismo que se hace sin rencillas, sin venganza, contra nada ni nadie, porque se trata de pedir justicia y sentido común: simplemente para poder dejar flores y dejarlas en una lápida con nombre o para honrar la memoria de los antepasados dignamente. Aunque sólo sea porque el culto al descanso eterno se realizaba hace ya 30.000 años en el Paleolítico.

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