Antonio Cambril

Sí tenemos miedo

Esta boca es tuya

La gente de orden habla de terrorismo islámico, sin más, y olvida añadir la palabra yihadista o fundamentalista

23 de agosto 2017 - 02:38

Entre los efectos inmediatos de cualquier atentado terrorista está la multiplicación de frases hechas que pasan a ser de dominio público. Sucede con "No tenim por" ("No tenemos miedo"), una de las consignas más repetidas tras la masacre de Barcelona. Pero sí tenemos miedo, y mucho. Yo, al menos, lo tengo después de ver cómo grupos de descerebrados atacan mezquitas y locales regentados por musulmanes pese a que han sido numerosas las ciudades en las que miembros de la comunidad islámica han expresado su rechazo a la barbarie. Y miedo he tenido tras leer a señores que se consideran a sí mismos "gente de orden" alancear moros y publicar artículos que evocan los que en la primera mitad de los años 30 se publicaban en muchos lugares de Europa, especialmente en la Alemania nazi. Convertidos en chivos expiatorios, los musulmanes de ahora se parecen cada vez más a los judíos de entonces.

La gente de orden habla de terrorismo islámico, sin más, y olvida añadir la palabra yihadista o fundamentalista. Si terrorista es el que crea terror, terroristas fueron quienes decidieron atacar Iraq y provocar la muerte de decenas de miles de civiles (niños incluidos) y el destrozo y posterior reparto del país. Con los restos de Al Qaeda y el Ejército de Sadam se formó el Estado Islámico que ahora costea a quienes siembran el pánico en Occidente. Sin embargo, a nadie se le ocurrió hablar entonces de terrorismo cristiano. Emiratos petrolíferos muy introducidos en el mundo del deporte son sospechosos de respaldar lecturas literales y mortales del Corán (libro tan duro como el Levítico, el Deuteronomio u otros del Viejo Testamento) y ningún gran medio de comunicación califica de terrorista ni censura a los gobiernos continentales que los arman.

Los señores que manejan esos emiratos no padecen el miedo que sí azota a musulmanes llegados a la periferia de las ciudades europeas huyendo de la violencia, el fanatismo o el hambre, y que tendrán que intensificar la colaboración con la Policía para detectar a los elementos más radicalizados de la comunidad y evitar así el rechazo sus vecinos cristianos. Ellos sufren más que nadie una conflagración mundial que tiene como escenario cualquier espacio urbano afamado del mundo. Y saben que ésta, como todas las guerras, es "el lugar donde jóvenes, que no se conocen y no se odian, se matan entre sí por la decisión de viejos que se conocen y se odian pero no se matan". Un dato: la mayoría de los asesinos de Barcelona no había cumplido los veinte años.

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