Una literatura fértil para dos mundos

Impedimenta rescata uno de los relatos emblemáticos de Ogai Mori, símbolo de la mirada nipona a Europa.

Un retrato del escritor Ogai Mori (1862-1922).
Un retrato del escritor Ogai Mori (1862-1922).
Pablo Bujalance

31 de agosto 2011 - 05:00

La bailarina. Ogai Mori. Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Cordobés. Editorial Impedimenta. Madrid, 2011. 80 páginas. 9,90 euros.

El último invitado de la prestigiosa sección japonesa de la editorial Impedimenta, que luce a Natsume Soseki y Tamiki Hara como sus dos primeras fortalezas, no es otro que Ogai Mori (Tsuwano, 1862 - Tokio, 1922), autor que tuvo en el cuento su principal aliado y que firmó algunos de los más conmovedores relatos de su tiempo, como El ganso silvestre (1913), Sansho el camarero (1915) y La bailarina (1890), la pieza convertida ahora en objeto de publicación por parte del sello. Mori fue contemporáneo de Soseki (llegó a alquilarle la casa en la que escribió sus novelas más famosas, Soy un gato y Botchan) y perteneció, por tanto, a la primera generación de escritores nipones que viajó a Europa con inquietudes netamente literarias. Mori residió en Alemania entre 1884 y 1888, ejerció allí la medicina y, entre otros méritos, fue el primer japonés en viajar en el Orient Express (Soseki viajó por su parte a Inglaterra, y Kafu Nagai a Francia). Este contexto resulta imprescindible para comprender la influencia de Mori y otros grandes escritores de su tiempo en la posterior narrativa japonesa: si Kenzaburo Oe es considerado hoy como el legítimo heredero de Dostoievski, semejante identidad se produce gracias a que a mediados del siglo XIX los mejores escritores del país oriental decidieron conocer a Dostoievski in situ. No se trata de una cuestión exótica, sino de una profunda relectura de la enorme tradición literaria oriental a través de unos ojos nuevos que habían decidido hacer de la cuestión europea algo propio. Si el San Petersburgo de Dostoievski lo poblaban personajes sumidos en la constante ilusión de vivir en París y que incluso habían decidido adoptar el francés como lengua distinguida para sus conversaciones cotidianas, Japón encontró en aquel mismo sueño la solución idónea para la oxigenación de sus anquilosadas fórmulas literarias y, también, la transformación de su idioma en un mecanismo mucho más flexible y moderno. Un reto titánico que tuvo consecuencias decisivas y que explica por qué hoy Haruki Murakami es un best-seller absoluto en todo el mundo.

La bailarina es, en buena parte, un texto autobiográfico, al menos una autoficción solapada en cierta estrategia de confesión. El protagonista, Toyotaro Ota, es un joven estudiante japonés que trabaja en Alemania. Su carrera es prometedora y las posibilidades de regresar a Japón con el éxito asegurado son cada vez más firmes. Pero un día se cruza en su camino una adolescente hermosísima que llora en la puerta de una iglesia. Su padre acaba de morir y su madre no tiene dinero suficiente para pagar el entierro. Ella gana algunas monedas trabajando como bailarina a escondidas en locales de dudosa reputación. Ota se enamora enseguida, perdidamente, y desciende así a un profundo abismo en el que sus sentimientos se alzan como una bestia contra la responsabilidad representada en el trabajo y la posteridad. Para la construcción literaria de esta materia, la de la elección imposible, Mori cita a algunos de sus escritores europeos favoritos, a los que ya había traducido con fortuna: Goethe, Schiller, Ibsen, Andersen y Hauptmann, junto a otras presencias luminosas como las de Dickens y el mismo Dostoievski. Pero donde el autor se muestra decididamente moderno, y donde incluso se anticipa a las tendencias del siglo XX, es en la adopción del tono aséptico y directo con el que relata el infierno de la sospecha. Mori sitúa al narrador / protagonista inmediatamente después del final, con el dolor todavía en carne viva, donde la lírica sólo puede ser roma, desnuda, desprovista de artificios. Ota ha aprendido que la vida puede ser un fracaso a pesar del éxito, y se dispone a contarlo cuando todavía la sangre le hierve en las manos. La bailarina es así, en su brevedad (la maestría de Mori se resolvió siempre en pocas páginas), un catálogo de emociones desacralizadas, en el que el ser humano es atrapado en su doblez. El dolor, claro, será patrimonio de todos los mundos posibles mientras haya hombres.

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