El dibujante con olfato de sabueso

Los trazos del cómic

Enrique Bonet lleva 30 años ilustrando relatos cotidianos, en clave de humor y enterrados en el tiempo como el de Agustín Penón en 'La araña del olvido'

Su próximo reto será plasmar el viaje de las Misiones Pedagógicas a La Alpujarra

El dibujante con olfato de sabueso
El dibujante con olfato de sabueso
Isabel Vargas

21 de agosto 2017 - 02:32

Granada/Documentalista de profesión, Enrique Bonet (Málaga, 1966) se resiste a pronunciar las palabras dibujante y profesional. "No me gano la vida así, es decir, no me dedico plenamente a ello", razona. Su sentencia no encierra una pizca de arrogancia o derrotismo. Su carrera, sin embargo, parece contradecirle. Un amigo dibujante me comentó hace unos meses que los niños nacen con un lápiz debajo del brazo, y que algunos no lo sueltan nunca. Eso mismo le ocurrió a Bonet. "Empecé haciendo tebeos con mi hermano de pequeño, a lápiz y boli. Pasaba los veranos enteros dibujando. Era nuestra manera de divertirnos. Llegamos a montar una editorial -imaginaria- con libros de aventuras. Imitábamos a las revistas. Me dedicaba a pasar el tiempo con algo que me gustaba mucho", rememora el artista malagueño afincado en Granada desde los siete años.

Los primeros cómics que cayeron en sus manos estaban editados por el gigante Bruguera. "Mortadelo; Anacleto, agente secreto; Astérix; El Teniente Blueberry -serie del gran Jean Giraud, que firma como Gir o Moebius-. Esos eran mis tebeos de cabecera. Luego empecé a leer cómics americanos de superhéroes", recuerda. Poco después, el artista descubrió las fórmulas del tebeo franco-belga -su estilo favorito- gracias a la revista Strong, donde se publicaban las series de Los pitufos -con guión de Yvan Delporte y dibujos de Pierre Culliford Peyo- y de Lucky Luke, esta vez con René Goscinny como guionista y Maurice de Bévère Morris como autor de los diseños.

"España tuvo su propia industria del cómic, y vivió años dorados con Bruguera", recalca

"¿Qué tiene que hacer España para tener una industria del cómic semejante a la de Francia o Estados Unidos", le pregunto. Bonet contesta como si se hubiera traído preparada de casa la respuesta: "Este país tuvo su propia industria del cómic, y vivió años dorados. Te hablo de Bruguera y otras editoriales más pequeñas. Los dibujantes tenían trabajo y había un gran público lector, que es lo que nos falta hoy día. Nos faltan lectores, porque talento hay de sobra", sentencia. TBO, señala el dibujante, "lo leía toda la familia. Recuerdo a mi abuela leyendo Zipi y Zape". ¿Se han alejado los cómics de la gente? "No lo sé. Las historietas de antes incluían una carga de mala leche y de crítica importante. El mundo social que se trasladaba a los cómics era muy fiel al de la calle. Para entender la sociedad española de aquella época uno tiene que ver determinadas películas, pero también ojear determinados cómics", apunta.

Francia, explica Bonet, "apoya la cultura en general, y sobre todo su cultura. Ellos entienden el tebeo como una parte más de la industria cultural, y no tienen reparo en estimular su consumo. Además, hay una conciencia arraigada de proteger a sus autores, sea del ámbito de la cultura que sea. Aquí nos ven como unos ganapanes que chupamos de la teta del estado". Si algo ha diferenciado a este país con respecto a otros, dice el artista, ha sido su arte, sus creadores. "Es de lo que España puede presumir", cree Bonet. ¿Y qué ha hecho este país por sus dibujantes? "El Premio Nacional del Cómic -un galardón que el Ministerio de Cultura otorga anualmente desde 2007-, por ejemplo. La valoración social del cómic es ahora más positiva. Aunque siempre ha sido entendido como una cosa para niños, frikis y círculos underground", reflexiona.

De esto último -círculos underground-, el autor sabe un rato. Sus primeros dibujos aparecieron publicados en fanzines -(Jarabe de Palo, Segunda Sonrisa, Qué Mal teveo-, en donde llegó a escribir con sorna que "para hacer un fanzine, fundamentalmente, lo que hace falta es un perfecto gilipollas". ¿La creatividad aprieta, bulle más cuando se cuenta con menos medios?, le cuestiono. "Sí, claro. Intentábamos hacer cosas distintas en cuanto a la presentación y al formato. No había una impresora láser. Íbamos a hacer fotocopias. Lo primero era hacerte colega del tío de la fotocopiadora", recuerda mientras se parte de risa. "¿Se descantaba por un tipo de historia?", pregunto. "Hacía de todo, pero sobre todo historieta cotidiana", precisa.

Si se tuviera que hablar de un acontecimiento crucial en la vida de Bonet en relación al dibujo, él alude en seguida a un concurso de cómic organizado por el Ayuntamiento de Granada a principios de los 80. "Te hablo de los que organizaban los gobiernos socialistas en aquella época junto a aquellos míticos concursos de rock", señala. El artista se presentó, pero no ganó, al igual que su hermano. A cambio descubrieron a un montón de dibujantes -"No éramos los únicos", dice mientras ríe-, y en seguida intentaron contactar con ellos. "Fue una labor casi detectivesca. Conocí una generación anterior a la mía, la gran generación, formada por Rubén Garrido, Joaquín López Cruces y Paco Quirosa. Ellos empezaron haciendo tebeos sociales, de barrio. Esta generación me influyó mucho en mi carrera. Tenían un estudio y se dedicaban a dibujar. Tendría 17 años. Fue un descubrimiento absoluto", rememora entusiasmado.

La primera oportunidad en el mundillo le surge estudiando Bellas Artes en Granada. El periódico universitario Campus le pide una tira cómica semanal. La llamó Cuestión de clase. "No era políticamente correcto. En ella contaba las aventuras de unos alumnos. El protagonista era El Piernas, un renegado. Su gran meta era repetir una y otra vez para ser el estudiante eterno, y así desentenderse de la vida adulta. Tenía dos compañeros de piso. Uno era 07. En aquella época hubo una huelga para reivindicar que todos los gobiernos destinaran el 0,7 de su presupuesto al tercer mundo. 07 era el progre comprometido. El otro compañero era un chico de pueblo, que no salía de la habitación, muy tímido", explica. Luego más tarde, el suplemento contaría incluso con un suplemento de tebeos titulada Qué mal teveo, "que antes había sido un fanzine", puntualiza.

El artista se autoeditó en 1995 El juego de la luna, un tebeo de 24 páginas que, gracias al empeño de José Luis Munuera, reescribió por completo para el dibujante murciano. Producido para la editorial francesa Dargaud, se publicó bajo la editorial Astiberri en España. La aceptación por parte del público fue bestial. La idea de Aldea, el mundo donde se desarrolla la historia, surgió pensando en un guión para su amigo -también del gremio- Miguel Ángel Parra. "Él fue el inspirador de este mundo. Parra es de la caleta de Salobreña. Es muy de la vega, de la tierra. Pensé en un guión en el que se recuperara la naturaleza, lo rural, que ya no sabemos apreciar y que queda tan lejos que parece de fantasía y es muy real. No tengo familia en el campo, aunque sí que tengo cierta nostalgia de ese mundo que no he llegado conocer. Un mundo en el que uno se pueda alejar por completo de la civilización urbana. Me gusta la sierra, El señor de los anillos, el mundo del viaje", explica.

El humor gráfico también ha sido una de las bazas de Bonet a lo largo de su carrera. Lo demostró durante años en El Batracio Amarillo, la revista satírica granadina por excelencia -"una digna competidora de El Jueves si hubiera funcionado a nivel nacional", asegura Bonet-, y bajo cuyo sello publicó dos recopilatorios: Pláginas amarillas y Sólo para inútiles. "Me abrió al campo del humor y estoy muy agradecido por la gente que conocí ", subraya. A mediados de 2009, la extinta Opinión de Granada le ofrece un espacio para sus tiras cómicas. "Fue uno de mis mayores retos como dibujante porque me obligaba a participar en los debates de la ciudad, cosa que habitualmente uno no hace. Me gustó mucho y lo echo de menos. Entonces estaba Torres Hurtado en el poder, imagínate. También empecé a hacer caricaturas para perfiles del periódico. Gustaron tanto que me llamaron del gabinete de Sebastián Pérez para que lo dibujara. Lo retraté con una corbata anudada al cuello, como un mafioso", comenta entre risas.

¿Estamos más expuestos a la autocensura que nunca? "Siempre que hagas las cosas con inteligencia no tiene que haber problema. Yo hice tiras cómicas sobre el maltrato. Eran chistes de denuncia. Lo estaba visibilizando. El agresor era un tío con un pantalón en la cabeza a modo de capucha de terrorista. En ese momento había muchas denuncias de agresiones a médicos, pero sobre todo a docentes. En una de las tiras ponía a un padre diciéndole a su hijo que en vez de pegarle al compañero, que le pegara al director o a sus profesores. Me llegó una denuncia de la delegación de educación. Nunca pasó nada. Es uno de los papeles que cumple el humor: sacar a fuera lo peor de uno mismo. El humor no sólo es contar cosas divertidas. También es poner de relieve de manera bruta cosas que a lo mejor no quieres ver. Y el humor te hace verlas y ponerte en el papel de esa víctima", reflexiona.

Otros proyectos ilusionantes en la carrera de Bonet son Mister K, "El Jueves para niños", resume, y Dibucómics, otra revista de cómic mensual dirigida a un público infantil y pre-adolescente editada por Norma. "Este tipo de cosas fueron un subidón. A Dibucómics entré porque presenté un proyecto y me lo aceptaron. Duró cinco número. Vendían 20.000 ejemplares. Creo que Norma nunca creyó en él", comenta sin acritud al tiempo que reflexiona sobre cómo llegar al público joven. "Un padre, una madre, le va a comprar a su hijo antes un libro infantil que un cómic. Hay que hacerle entender que puede aprender igual, e incluso de manera más amena", comenta.

En seguida se debate en la mesa sobre la denominación de novela gráfica. "Es lo mismo que un mortadelo. Ha atraído a lectores. Decir eso de "yo no leo tebeo, yo leo novela gráfica" es postureo. Una cosa que ha conseguido la novela gráfica ha sido entrar en librerías generalistas. Es una estrategia comercial. Como lector me ha ofrecido cosas que no leía porque no había un circuito de distribución digamos, y como autor hubiera sido imposible publicar La araña del olvido hace 10 años", reconoce.

Precisamente, La araña del olvido es a día de hoy el trabajo que mejor le representa. Editado por Astiberri, cuenta la historia -real- de Agustín Penón, un "valiente" escritor norteamericano que llegó en 1955 a Granada dispuesto a esclarecer el asesinato de Federico García Lorca. "Soy un aficionado a su poesía, pero nunca he sido un lorquiano como tal. Lo que me empujó a dibujarla y guionizarla fue el mismo Penón y esa búsqueda incansable que le costó la fortuna y la salud", declara. El guionista además le da la oportunidad al lector de descubrir la ciudad tal y como era hace más de medio siglo. "Estuve un año documentándome a base de postales, fotografías y documentales para poder dibujar esa Granada", recalca.

Un dibujante con olfato de sabueso, puesto a prueba durante los 30 años que lleva trabajando como documentalista en la UGR -es diplomado en Biblioteconomía y Documentación-. "No me he creído nunca esto de ser dibujante. Aunque nunca he parado. Acabas enredándote", admite. ¿Pero tu vocación, tu motor, cuál es?, le espeto. "Dibujar, dibujar. Es lo que me gusta hacer, mi vocación, y creo que lo que seguiré haciendo toda mi vida", desembucha por fin. En breves, se pondrá manos a la obra con los primeros bocetos de próxima gran obra, una novela gráfica sobre las Misiones Pedagógicas en la Alpujarra. "Creo mucho en estas historias, con una trascendencia universal. Además, cuando las historias se cuentan con sinceridad y por alguien que conoce muy bien su entorno son capaces de calar y de interesar a cualquier persona", concluye. Las de Bonet son de ese tipo.

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