El hombre que se empeñó en geometrizar el mundo

La historiadora Dolores Jiménez Blanco reúne las cartas más personales que Juan Gris envió a sus amigos coetáneos

De arriba a abajo: Juan Gris, Roland Tual, Michel Leiris y André Masson. Nemours, 1924.
De arriba a abajo: Juan Gris, Roland Tual, Michel Leiris y André Masson. Nemours, 1924.
Blanca Durán / Granada

27 de julio 2008 - 05:00

La vida artística como pintor de Juan Gris fue tremendamente breve, pero apenas algo más de quince años, de 1911 a 1927, le bastaron para hacer imperecedera su obra. De su concepción del arte, de su visión enfrentada a las vanguardias de la época, de su temor ante una guerra que estaba destruyendo el mundo sin piedad, de la enfermedad que le mermó en sus últimos años y hasta de sus problemas para pagar el alquiler dan testimonio hoy las cartas que envió a sus amigos más cercanos, que hablan por sí solas de un hombre cercano, inteligente, sensible y que, en contra de lo que muchos decían, siempre llevó a España en su corazón.

Más de 400 cartas, muchas de ellas inéditas, se reúnen ahora y aparecen por primera vez recopiladas en español en Juan Gris. Correspondencia y escritos, el nuevo libro de la historiadora granadina María Dolores Jiménez Blanco que publica la editorial Acantilado. Las misivas, según la autora del volumen, desvelan el "lado más humano y personal del artista" y arrojan luz sobre algunas de sus facetas menos conocidas. "Gris escribía muy bien, tenía una tremenda voluntad de estilo en cada una de sus palabras. Quería explicar las cosas bien y, sobre todo, decirlas de una forma bonita. Tenía mucho más sentido del humor del que parecía y no era nada 'gris', todo lo contrario, transmitía mucho color. Le gustaba disfrutar de la vida, incluso decía que le encantaba bailar el charlestón, pero a la vez era muy concienzudo en su trabajo y se dedicaba por entero al cubismo, que simbolizaba para él la viva imagen de la modernidad", afirma la autora.

Para la creación de este libro, Jiménez Blanco partió del archivo del famoso historiador y coleccionista de arte cubista Douglas Cooper, quien había publicado ya en 1956 una breve selección de cartas de Gris. En California se encontraban los originales en francés, a los que se fueron sumando algunos ejemplares que estaban guardados en el Museo Pompidou de París, otros que había aparecido en las páginas de diversas publicaciones de todo el mundo y una docena más que se hallaba en Cataluña, en la colección privada del crítico y escritor barcelonés José María Junoy.

Los destinatarios de la correspondencia de Juan Gris forman un puzzle que reúne a algunas de las grandes personalidades de la primera mitad del siglo XX. Así, escribe a sus amigos, a sus marchantes Daniel-Henry Kahnweiler y Léonce Rosenberg, a jóvenes críticos afines al cubismo como Maurice Raynal -uno de los pocos a los que se dirige de tú- o Pierre Reverdy y a otros más conservadores como Louis Vauxcelles, a artistas como Pablo Picasso, Henri Matisse o María Blanchard; a escritores como Gertrude Stein, Jean Cocteau o Vicente Huidobro; y también a otros vanguardistas y a coleccionistas de arte. Así, queda evidente que Juan Gris fue un pintor "bien relacionado" aunque "algo celoso de su intimidad", que compartió intereses y conversaciones con muchos de los artistas y poetas más atractivos de su época, pero que también se distanció ante determinadas manifestaciones sociales de lo artístico.

"Gris tenía mucha complicidad y solía desahogarse de sus problemas más personales con Kahnweiler, con quien tuvo que cortar la correspondencia en plena Guerra Mundial porque era alemán. Para él fue trágico, casi como perder a un padre, además de un importante apoyo económico", destaca Jiménez Blanco.

La importancia de Juan Gris. Correspondencia y escritos se traduce también en que rompe con dos importantes tópicos acerca del artista: el que lo consideraba como un simple discípulo de Picasso y el que apuntaba a su alejamiento personal y profesional de España. Así, las cartas dejan ver a un maestro por excelencia del cubismo, además de un creador que "siempre se mantuvo en contacto con las vanguardias españolas, que estaba al día de cada una de las novedades que proponían los ultraístas y que incluso leía con asiduidad la revista Grecia. Además -señala-, tenía una gran desazón por no poder estar en el frente ni tampoco regresar a España".

Despreciaba a Diego Rivera, al que tachaba de oportunista, y nunca ocultó la relación tensa y desigual que mantenía con Picasso, el gran abanderado del cubismo y con el que empezó a disentir en varios aspectos esenciales. "Gris ansiaba pintar y explicar el cubismo y darle una estructura más racional al mundo. El primer cubismo, más desordenado, no le interesaba para nada. Él prefería el sintético, el que quiere desvelar el andamiaje geométrico de la realidad", apostilla.

A Rosenberg, por ejemplo, le escribía en tono confidencial los movimientos de compras y exposiciones que se sucedían a su alrededor. "Hace dos años o más Mme. Sagot le confió cuadros a Brenner. También Picasso le dejó algunos en esa época. Creo que Matisse le había dejado grabados, pero de eso no estoy seguro (...)", se puede leer en una de sus cartas.

A partir de los años 20, Juan Gris entró en una complicada espiral de vida marcada por su delicada salud, que le tuvo durante sus últimos siete años padeciendo los síntomas de algo parecido a la tuberculosis. En su correspondencia en ese tiempo aprovechó para trasladar a sus amigos su preocupación más sincera por el cansancio que sufría, su convencimiento de que debía salir cuanto antes de París en busca de una ciudad con mejor clima y el miedo ante lo que le estaba por venir.

Juan Gris. Correspondencia y escritos, por encima de hablar más del creador, del pensador y del artista siempre preocupado por encontrar los límites de un mundo ordenado, supone una primera mirada amplia y general a las situaciones y problemas que dieron forma a las vanguardias de la segunda y tercera década del siglo XX, a las preocupaciones cotidianas del día a día del hombre-artista que fue testigo directo de los rápidos cambios culturales y las sacudidas político-sociales que transformarían para siempre los límites del entorno que conocía y al que le quiso dar color.

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