"Si un pueblo no recupera la memoria histórica pierde sus señas de identidad"

Lara recuerda que la España de 'La renta del dolor' no tiene nada que ver con la que hay ahora y aconseja mirar atrás siendo conscientes de que este periodo es el de mayor prosperidad de los últimos siglos

Antonio Lara, ayer, con su libro.
Antonio Lara, ayer, con su libro.
Manuela De La Corte / Granada

16 de diciembre 2008 - 05:00

Antonio Lara sabe zanjar con una frase folios llenos de polémicas. "Todos los pueblos construyen el presente y el futuro basado en su memoria histórica y habría que facilitar las cosas sin hacer dramas". Hoy presenta en la Fundación Euroárabe La renta del dolor, la historia de una granadina llamada Matilde Santos que vuelve tras el exilio, siendo ya una anciana, sin rencores pero sin olvidar.

-¿Quién es Matilde Santos?

-El personaje real es Matilde Cantos Fernández. Hay algunos trazos de su biografía en la novela pero estamos ante una novela de ficción.

-Sin embargo, son inevitables las referencias históricas.

-Sí. En el libro escribo de momentos dentro de la historia de España. La protagonista es un personaje que vuelve a Granada tras treinta años de exilio a su ciudad, a la que había anhelado desde el exilio. Cuando vuelve, aparece su mirada hacia esa Granada que quiere recuperar, la Granada de su niñez y su adolescencia, tiene recuerdos sobre momentos, situaciones y la propia fisonomía de la ciudad. Pero al mismo tiempo, la novela tiene un recorrido en el ámbito de la II República y la Guerra Civil.

-¿Por qué se ve obligada al exilio?

-Ella rompe con muchos de los esquemas tradicionales que la mujer tenía establecidos en las primeras décadas del siglo XX. Granada estaba muy anclada en la tradición. El desarrollo económico que se produce con la industria azucarera no promueve un cambio de mentalidad en la sociedad. Ese cambio que no se produce es lo que a Matilde la asfixia porque sus pretensiones son otras.

-Era una mujer adelantada a su tiempo, como se suele decir...

-No encaja en una sociedad tradicional que le reserva a la mujer un determinado papel. Mujer casada con hijos, ocupada del hogar y la educación de sus hijos. Posee una capacidad que quiere desarrollar. Necesitaba abrirse camino y salir de la atmósfera de Granada y se va a Madrid donde aprueba unas oposiciones en la dirección general de Prisiones donde desarrolla su faceta profesional, junto a sectores desfavorecidos. Ahí es donde le pilla la Guerra Civil y termina por estar colaborando hasta que al final de la guerra tiene que ir primero a Francia y después a México.

-¿Qué precio hay que pagar para borrar el dolor?

-El precio que tuvo que pagar ella es el mismo que pagaron muchísimos exiliados. Tuvieron que sufrir exilio, abandonar su tierra, sus ciudades, sus amigos... desarraigarse de su entorno más próximo y eso hace mucho daño. Hace que se vean obligados a irse y que esta renta del dolor, como dice Javier Egea, no pueda saldarse ni siquiera con la muerte, ni el amor. Cuando vuelven, vuelven sin rencor, con un espíritu de conciliación, y buscando la armonía con la sociedad. Es un valor muy importante y ése es el valor de Matilde. Pero vuelve sin olvidar.

-¿Es la memoria histórica una vuelta al dolor?

-A pesar de las situaciones que ha vivido la gente, bien por vivir el exilio o la desgracia de que algunos de sus familiares fuera represaliados o fusilados, esa vuelta al pasado no hay que verla desde el punto de vista del dolor en el que nos sumió una circunstancia histórica sino que hay que verla como la recuperación de la dignidad de muchas de las personas que no tuvieron la oportunidad de que hubiera un reconocmiento por parte de la sociedad.

-Es un acontecimiento histórico plagado de muchas historias personales...

-La memoria histórica significa recordar lo bueno y malo que le ha acontecido a un pueblo pero sobre todo para que lo sucedido sirva de experiencia y ayude a aprender. Todos los pueblos construyen el presente y el futuro basado en su memoria histórica. En este caso estamos echando una mirada hacia un momento dramático de nuestra historia pero es evidente que tenemos que hacerlo porque sin esa recuperación de la memoria histórica un pueblo pierde su seña de identidad y se arriesga a errar en el futuro.

-¿Será posible?

-Es posible recordar sin rencores. Yo tengo la esperanza de que sí porque si basamos nuestra etapa democrática precisamente en esa conciliación tenemos que seguir promoviendo ese espíritu. Si en un momento determinado, como en el 77, pensamos en cómo ponernos de acuerdo para construir la España democrática ahora hiciéramos lo mismo... Vamos a facilitarlo sin hacer dramas.

-Usted como historiador debe hacerse una idea. ¿Qué dirán los futuros libros de historia de esta etapa?

-Seguramente hablará de que este periodo ha significado el periodo de mayor prosperidad en lo económico, en lo social y lo político de los últimos dos o tres siglos. Y eso a pesar de la crisis. La crisis es algo cíclico. El sistema va encontrando mecanismos de respuesta, realizando ajustes, novedades y cambios y el sistema termina por encontrar una solución. Es una época difícil pero hace cincuenta, sesenta o cien los coétaneos decían lo mismo. Cada momento es un momento de complejidad y se puede decir que todos los momentos son difíciles. Hay que mirar atrás.

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